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MENSAJE DEL DIRECTOR

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA 

 

Pbro. Jorge Antonio Luna Casillas

  

La resurrección de los muertos  es un punto central de la fe. Y es algo que tiene un impacto en mi vida. Que la tierra sea redonda o tenga la forma de una pera o de un limón, no influye absolutamente sobre mi  modo de caminar, ni sobre mis itinerarios. Pero la fe en la resurrección incide de una manera determinante en mi camino, en la orientación que tengo que dar a mi existencia, en las opciones que he de tomar. Alguien manifiesta su curiosidad por saber qué le sucedió a Lázaro después. Qué pensaba, cómo usó aquel milagroso suplemento de vida que se le concedió. Yo, sin embargo, preferiría saber algo de Marta, de María, de los judíos que estaban ante el sepulcro, cuando el cadáver salió fuera al reclamo de la voz imperiosa de su amigo Jesús.  Me gustaría estar informado de si, por la tarde, antes de acostarse, han sacado esa conclusión: <Entonces ha llegado el momento de rehacer todas las cuentas>.

Una persona me hizo notar, después de haber acompañado hasta el cementerio a una amiga  común: Me impresiona siempre el silencio helador que envuelve al grupo de participantes mientras recorren el breve paseo entre la  capilla mortuoria y la tumba. Solamente se oye al triscar de la grava. Pero me gustaría asomarme a los pensamientos de las personas en aquellos instantes…

Tanto en el caso de la tumba que se vacía (Betania), como de una que acoge al huésped para siempre, bajo la tierra, el verdadero problema, el gran misterio son los supervivientes.

¿Qué será de ellos cuando vuelvan a casa? ¿Todo vuelve a ser como antes?

¿Habrá alguno dispuesto a poner un poco de orden en la escala de valores, a tormar finalmente la postura exacta ante las cosas (D.M. Turoldo), a desplegar la lista de lo que cuenta? ¿Habrá alguno que se pregunte seriamente sobre el sentido?

Aunque la sociedad de hoy hace todo lo posible para esconder la muerte, para arrendarla a un mecanismo que la sustrae a nuestros ojos, a nuestras manos, a nuestras espaldas y, con la pretensión de quitarle toda su fealdad, la hace simplemente anónima y funcional, el creyente debe adiestrarse en convivir con su propia muerte, a no ignorarla, no profanarla, sino a prestarle atención, me atrevería a decir, a plasmarla. Sobre todo, cada uno de nosotros debe aprender a convivir, ya aquí abajo, con la resurrección. Un poeta de la esperanza (D.M. Turoldo) reconoce, por el contario, que:

La muerte es como pasar el umbral

y salir al sol.

            Más  precisamente aún, la muerte es <terminar de morir>.

EVANGELIO DEL DÍA

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