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MENSAJE DEL DIRECTOR

 

XXVI Domingo del tiempo ordinario

P. Jorge Antonio Luna Casillas

La vía de dos sentidos resuelve un problema que más tarde o más temprano se va a presentar: que no sólo hay que ir, sino que seguramente también haya que volver. Todavía es más necesario cuando no soy yo el único con deseo de ida o de vuelta, sino que hay otros, puede incluso que muchos más.

 Y, si se mezclan velocidades de forma que los de atrás circulan más rápido que los de delante, con la calzada de doble sentido se permite el adelantamiento sin que haya interrupción en el tráfico ni alteración en el ritmo de cada cual. La costumbre de ponerse a gente en contra sin necesidad, simplemente por avanzar en otro sentido o con otra velocidad es claramente perjudicial.

La cuestión de fondo, evitando considerar ahora el pecado de la envidia, las celotipias, el afán de poder y dominio (que está muy presente y es, a mi entender, de gravedad superlativa viniendo de cristianos), es un problema de identidad. La identidad permite ubicarse en el mundo como alguien existente, uno que está ahí y que, por eso mismo, porque está, importa. Pero consolidar esa identidad conlleva un proceso arduo que requiere no solo ser consciente de que estoy aquí, sino también de cómo estoy, es decir: quién soy yo que existo.

A este respecto aparecen las preguntas sobre lo que hago, a lo que aspiro, lo que amo y lo que me ama a mí. El descubrimiento de algo que pueda afectar a mi identidad, es reconocido pronto como un elemento agresivo contra mi integridad, contra lo más íntimo. Y es que la razón de ser de la Iglesia y del cristiano en su labor no es en primer lugar la ayuda o el servicio, sino el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.  El desconocido del evangelio que suscitó sospechas obraba milagros en nombre de Jesús.

Habría tal vez otros que lo hicieran en nombre de la medicina, o de Zeus o del genio del emperador, o de divinidades mistéricas... pero, hacerlo en nombre de Cristo, supone reconocer su autoridad, su fuerza, su capitalidad. No solo hacer milagros, sino hacerlo “en su nombre”, “porque uno que hace milagros en mi nombre no puede hablar mal de mí”. No es éste un mal criterio para discernir el motivo de nuestras acciones en la Iglesia: cuando organizamos esto, cuando decimos eso otro, cuando nos reunimos para aquello... ¿En nombre de quién lo hacemos? La mezcla con intereses personales inconscientes o no es probable, porque para hacer en nombre de Cristo hace falta tener trato asiduo con Él. ¿Crece así la Iglesia? Creo que crezco yo. Porque el cristiano que se busca a sí mismo, además de interrumpir el crecimiento de la comunidad, está siendo mal testimonio para sus hermanos, arriesgándose a escandalizar a los pequeños. Aplauso a los que trabajan por la justicia en el mundo, sean de la condición y procedencia que sean. Suscitarán mi admiración, mi reconocimiento, mi ayuda. Pero mi corazón, sobre todo, para aquellos que hacen o no hacen, pero buscando siempre la voluntad de Dios, para aquellos a los que les mueve el amor de Cristo; vayan en un sentido o en otro del mismo Camino que es Jesús de Nazaret; para todos aquellos, tengan sensibilidades similares a las mías o diversas. Nuestra identidad nos la da el Dios de Jesucristo, del que somos hijos. “¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!” para llamar “hermano” al que viene de Dios.

EVANGELIO DEL DÍA

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