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MENSAJE DEL DIRECTOR

 

 

II Domingo de Cuaresma

 

Pbro. Jorge Antonio Luna Casillas

 

¡Escuchadle!


        Con estas palabras, Dios Padre entregaba a Jesús como su único y definitivo Maestro a la humanidad.  Aquel imperativo “¡escuchadlo!” está cargado de toda la autoridad de Dios; pero, asimismo de todo el amor de Dios para con el hombre. Escuchar a Jesús, en efecto, no es sólo un deber y una obediencia, sino también una gracia, un privilegio, un don.  Él es la verdad: siguiéndole, no podremos equivocarnos; es el amor: no busca más que nuestra felicidad.

Más, ahora, como de costumbre, vengamos a lo práctico.  La palabra “¡escuchadlo!” evidentemente no está sólo dirigida a los tres discípulos, que estaban en el Tabor, sino a los  discípulos de Cristo de todos los tiempos.  Es necesario por ello que nos planteemos la pregunta: “Hoy, ¿dónde habla Jesús para poderlo escuchar?”

Jesús nos habla, ante todo, a través de nuestra conciencia.  Cada vez que la conciencia nos echa en cara algo del mal que hemos hecho, o nos anima a hacer algo de bueno, es Jesús el que nos habla mediante su Espíritu.  La voz de la conciencia es una especie de “repetidor”, instalado dentro de nosotros, de la misma voz de Dios.
        Pero sólo ella no basta.  Es fácil hacerla decir lo que nos gusta escuchar.  Puede ser deformada o efectivamente puesta a callar por nuestro egoísmo.  Tiene necesidad por ello de ser iluminada y sostenida por el Evangelio y por la enseñanza de la Iglesia.          

El Evangelio es el lugar por excelencia en el que Jesús nos habla hoy:   Son innumerables las personas que han hecho experiencia de ello en su vida.  La gente ama distraerse, no pensar; por esto  los programas de variedades, de juegos y concursos tienen tanta escucha.  Sin embargo, cuando la familia se encuentra para tener que afrontar una crisis, un gran disgusto, entonces nos damos cuenta que sólo las palabras del Evangelio están a la altura de nuestro problema y tienen algo que decirnos.  Todas las demás palabras suenan a vacías y nos dejan solos, presos de  nuestros problemas.

 

Dios continúa diciendo a todos la  misma palabra: “¡Escuchadlo! Leed el Evangelio para encontrar lo que buscado, paz interior. El Evangelio de hoy nos ha puesto delante con toda su majestad a Cristo como Maestro de la Iglesia y de la humanidad.  Descendemos también nosotros de nuestro pequeño Tabor llevando en el corazón el eco fuerte de aquella invitación del Padre: “Éste es mi Hijo amado; ¡escuchadlo”!

 

 

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