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MENSAJE DE NUESTRO DIRECTOR

 SÉPTIMO  DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Pbro. Jorge Antonio Luna Casillas

 

“Llamados a realizar cosas extraordinarias”

 

            La vocación del cristiano, es una vocación a lo extraordinario.  Metamos bien en la cabeza esta palabra, clavemos en el corazón esta espina: lo que caracteriza al cristiano es lo extraordinario. El factor del cristiano es el factor de lo extraordinario, o sea, lo que es insólito, en absoluto normal, no sale solo, no es natural, no sigue la moda común. Es lo que supera abundantemente las medidas del buen sentido, del cálculo juicioso. Es lo que va más allá de lo posible.

            Esta, y no otra, es la justicia mayor, que sobrepasa a la de los escribas y fariseos. Donde no existe este factor singular, extraordinario, no hay nada de cristiano.

            El cristiano se hace visible, sólo con lo extraordinario. No se trata, entiéndase bien, de abandonar el campo de acción común, ordinaria. Sino de insertar en él el elemento excepcional una excepción que luego es regla, según el código cristiano.        Refirámonos ahora también al saludo al abrazo. ¿Cuándo sucede que un cristiano, que pasa por la ciudad cualquiera, diga: “Quiero  pararme, porque tengo que ir en busca de un enemigo, tengo que ir a saludar a una persona antipática?            En la iglesia se ven personas que, en el momento de la paz, intercambian apretones de manos calurosos, e incluso se besan con efusión, pero siempre en el círculo de los nuestros. El apretón de manos se hace tibio, flojo, cuando se trata de un extraño. Y, naturalmente, antes nos hemos colocado fuera del alcance del enemigo…Yo soy quien debo perdonar, dar sin cálculos, amar a los enemigos, rogar por los perseguidores, desear a los malvados  todo el bien posible, saludar a los que muestran un rostro feroz o vuelven la cara hacia otra parte, encontrar a los que quisiera esquivar, beneficiar a quien no se lo merece o me ha procurado muchos líos, amar a los que no aman a nadie y a quien nadie ama. Añadiría dos consideraciones, para impedir que alisemos en demasía las ásperas piedras que Cristo nos ha echado encima:

1.    Puedo considerarme hijo del Padre celestial, pretender ser reconocido por él, sólo si lo imito en el perdón, y en el amor hacia los enemigos, los malos, los que me ofenden. Esta es la perfección a la que estoy llamado en cuanto hijo.

2.    En el nuevo testamento se habla de enemigos refiriéndose exclusivamente a los que están contra ti, los que tienen odio, te hacen mal, te rechazan.

            El enemigo es siempre y sólo el que siente enemistad por ti.  En efecto, es inconcebible que un cristiano considere a alguien como enemigo. No nos preocupemos. Si hoy estamos un poco mal, si advertimos un cierto peso, al perdonar porque hemos dado el primer paso en el camino de la curación; estamos abandonando el territorio de la normalidad.  

EVANGELIO DEL DÍA

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