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MENSAJE DEL DIRECTOR

XXIV Domingo Ordinario

 

Pbro. Jorge Antonio Luna Casillas

                       

La fe sin obras está muerta

 

 

El Evangelio de hoy refiere la célebre pregunta dirigida  por Jesús a sus discípulos en Cesárea de Filipo. Pero esta vez el interés de la liturgia Pero, esta vez el interés de la liturgia no nos lleva a la declaración de Pedro (“Tú eres el Mesías…”); nos lleva, más bien, a la predicción de la Pasión, que sigue a la respuesta de los apóstoles:

“Y empezó a instruidos: “El Hijo del hombres tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”.

En otras ocasiones hemos tenido oportunidad de reflexionar sobre uno y sobre el otro tema (sobre el acto de fe de Pedro y sobre el tema de tomar la cruz).  Esta vez, proponemos la atención al tema importantísimo de la fe y de las obras, del que nos habla Santiago en la segunda lectura.

 

 ‘Tú tienes fe, y yo tengo obras.  Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe’ ”.

Somos nosotros obra de Dios; esto es, lo esencial, la “obra buena”, que ha hecho Dios mismo en Cristo.  Dios, sin embargo, no nos ha salvado en Cristo para que permaneciéramos indiferentes  y pasivos o peor, en pecado, sino para que estuviésemos en disposición de realizar, a nuestra  vez, mediante la gracia y la fe, las obras buenas, que él ha predispuesto para nosotros, que son las virtudes cristianas y, en primer lugar (sobre esto, Santiago insiste), la caridad hacia el prójimo.  En la primera parte de la carta a los Romanos, Pablo insiste con fuerza sobre la justificación mediante la fe (cfr. 3, 21 ss); pero, en la segunda parte de ella, enumera toda una serie de obras buenas (“obras de la luz” y “frutos del Espíritu”, las llama él) que debe practicar quien ha creído: caridad, servicio, obediencia, pureza, humildad (cfr. Romanos 12-14).

 

Esta, la fe y la de las buenas obras, es otra de aquellas síntesis, que se van reconstruyendo trabajosamente entre los cristianos después de las seculares controversias entre católicos y protestantes.  El acuerdo, a nivel teológico, está ya casi completo.  Se sabe que no nos salvamos por las obras buenas; pero, no nos salvamos ni siquiera sin las obras buenas; que estamos justificados por la fe; pero, es la fe misma la que nos empuja a las obras, si no queremos asemejarnos a aquel primer hijo de la parábola cuyo padre le pide ir a trabajar a sus campos y que con las palabras dice de inmediato “sí” al padre, pero, después, con los hechos no va (cfr. Mateo 21, 28s).

 

Hacer buenas obras con la fe significa no sentirse bravos y  superiores por haber hecho algo bueno, sino atribuirlo todo a la gracia de Dios.  Sentirnos nosotros deudores de los hermanos a los que ayudamos; no pretender su reconocimiento o gratitud; y no desistir de hacer el bien apenas este reconocimiento llegue a faltar.  Significa no dejarse guiar por criterios humanos de simpatía o antipatía en la elección de a quién favorecer, sino más bien de la necesidad.

Santiago no cree que nosotros podamos hacer el bien con las solas fuerzas.  Por eso, nos exhorta a pedirle a Dios que nos haga capaces de hacer el bien.

EVANGELIO DEL DÍA

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