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MENSAJE DEL DIRECTOR

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Pbro. Jorge Antonio Luna Casillas

 

Dios es paz, pero los apóstoles han de atravesar la tempestad, y su frágil embarcación no parece que pueda soportar la furia de un viento que levanta olas cada vez más altas. El encuentro con Jesús trae la paz, el Evangelio describe la escena con un esquema que calca el de las apariciones pascuales, mediante el reconocimiento y el encuentro con Jesús. Pero antes Pedro ha sido protagonista de un episodio singular. Pretendió caminar sobre las aguas, como el Maestro. Y corrió el peligro de hundirse , la causa del fallo podemos situarla en la pesadez por el miedo, Pedro ha arrastrado tras sí, en vez de la fe, el peso de sí mismo, de la ambición, que le llevaba a sobresalir, a distinguirse de los otros, y ha sido empujado hacia abajo, hasta hundirse. Jesús, quizás, pueda enseñarnos el secreto de su ingravidez. Se llama oración como derrota del miedo, liberación de todo eso que nos pesa, que nos empuja hacia abajo, Jesús después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar, pero las ha despedido después de haberles dado de comer, sin embargo, aunque ha despedido a la gente, no se ha separado de ella, de sus problemas, de sus dificultades. A través de la oración, Jesús está cerca del Padre, y cerca de los hombres. Todo él con el Padre y todo él entre los hombres, he ahí el secreto de la ingravidez, los de la barca se postraron ante él diciendo: realmente eres Hijo de Dios; también nosotros tenemos que aprender esta postura, fundamental, de adoración, nadie nos pide que caminemos sobre las aguas, pero es necesario, obligatorio, que también en medio de las tempestades más furiosas, encontremos la fuerza de doblar las rodillas, las rodillas se pueden doblar por miedo, pero también por coraje; solamente así podremos aventurar algún paso por los caminos de los hombres, sin que nos falte la tierra bajo los pies.

 

Pedro sólo tuvo que asir la fuerte mano del Señor, su Amigo y su Dios. Aunque poco, algo tuvo que poner el discípulo de su parte. Es la colaboración de la buena voluntad que siempre nos pide Dios. “Cuando Dios Nuestro Señor concede a los hombres su gracia, cuando les llama con una vocación específica, es como si les tendiera una mano, una mano paterna llena de fortaleza, repleta sobre todo de amor, porque nos busca uno a uno, como a hijas e hijos suyos, y porque conoce nuestra debilidad. Espera el Señor que hagamos el esfuerzo de coger su mano, esa mano que Él nos acerca: Dios nos pide un esfuerzo, prueba de nuestra libertad”. La condición es siempre la misma: mirar a Cristo más que a las dificultades.

EVANGELIO DEL DÍA

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